Todo muerto es político

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Muerte. Y entonces no se puede (no podemos, no debemos) hablar de otra cosa. Porque nada puede estar por encima de la vida y la dignidad. Dos muertes, que son absolutas. Y a la vez son tan poco para las cientos de miles de personas que ayer estuvimos ahí, en riesgo en algún momento de la noche.

La gente se muere todo el tiempo, es cierto. La gente se muere aunque no esté previsto, sobre todo eso: no prevemos que vamos a morirnos, pero ayer pasó algo diferente… ¿evitable?

Pasaron otras cosas también, además de la muerte, porque fuimos 300 mil (sí, donde tenía que haber 200 mil). Son muchas almas en un ritual de barro, rock, mística y exceso. Un ritual sin control, en todos los sentidos: sin control policial en la ruta, sin control de las entradas en el ingreso, sin control estatal de cómo se desarrolla y acompaña un evento tan masivo, sin control de lo que se entra al predio. Predio donde esas almas se apilan, primero metafóricamente, se apilan las energías diversas, las violencia exquisita del pogo con desconocidos que somos “los mismos de siempre”. Y después, se apilan en avalanchas, que terminan en muerte.

El Indio lo sabe; para el concierto, nos pide que nos cuidemos, que ese fue el trato que hicimos “Están esas dos personas ahí tiradas que no se pueden mover, las están pisando, las van a matar, sáquenlas de ahí, pásenlas de este lado de las vayas”. No sé si es textual, pero creo recordar todas esas palabras. “¿Dónde están los bomberos y Defensa Civil para sacar a estas personas?”. Con el diario del lunes sé que eso último es un intento desesperado de sacarse la parte de responsabilidad que, sí, él también sabe que tiene.

La Misa Ricotera es un fenómeno inexplicable imprevisible imparable si se celebra. No se me ocurren maneras de que no suceda lo que sucedió, salvo, que no toque.

Durante las cinco horas siguientes al final del concierto, en las que hacemos apenas 1,5 km en el auto, sin poder salir hacia ningún otro lado, escuchamos en la radio la primicia de lo que ya intuimos que pasó. Se nos murieron dos ahí, al alcance de los brazos con los que podríamos haberlos levantado, pero no.

(No estábamos ni cerca de las avalanchas, pero estábamos ahí). Todo gira en torno de especulaciones: las de los periodistas y funcionarios “se murieron seis, hay 16 muertos, hay dos muertos confirmados y cuerpos sin retirar en el predio, una veintena de heridos”.

Especulaciones. Las nuestras. Un abogado, dos productores y yo, elaboramos hipótesis de cómo se podría haber evitado lo que hace un rato, sin saber pero sabiendo, dábamos como obvio: “¿Cómo es que no se murió nadie todavía en un concierto de estos?” dijimos varias veces en el durante, cuando veíamos pasar un flaco revoleando una damajuana de vino, otros cinco subidos a la torre de sonido, o un bebé en brazos de sus poco criteriosos padres. “Cómo es que no se murió nadie, o muchos, o todos?” mientras ahí, al alcance del brazo de alguien que había pasado dos minutos antes por al lado nuestro, se morían dos.

Yo intuyo, El Indio sabe, que se nos murieron dos. Vuelve a tocar, interrumpido, cortado, vacío a veces. Pero no dice nada, o casi nada, porque sabe que si suspende el concierto ahí, se mueren más, nos morimos todos. Sabe que seguir tocando es lo menos peor, es la mejor manera de cuidar a los que quedamos, los que seguimos prendados de ritual cómo si no supiéramos lo que pasó. Y yo, más tarde e informada, celebro esa decisión.

Después del mediodía, y habiendo logrado hacer apenas 50 km en 8hs, escuchamos a Ezequiel Galli, intendente de Olavarría dar su conferencia de prensa. Habla claro e impecable, pero miente: asegura que el Estado hizo todo para garantizar un buen espectáculo.

Los que estuvimos ahí sabemos que eso no es cierto, el Estado no estuvo presente esa noche. Y nos animamos a más especulaciones: no estuvo presente adrede, para que el descontrol que hubiera se lo adjudicaran a los rockeros, a los lumpen, a los negros, a los ricoteros, a los drogones, a los marginales, a esos que no tenemos cabida en la Argentina meritócrata que esta gestión propone, el intendente dice (textual) cuando se refiere a los que quedaron varados “vamos a poner micros para que se los lleven”, otro funcionario del gobierno habla del “turista normal que transita en las rutas por las que vuelven los ricoteros”. Somos sus ciudadanos de segunda, sus chivos expiatorios, los que no hay que cuidar. La desidia del Estado no le quita ninguna responsabilidad al Indio y su producción sobre los sucesos, pero la responsabilidad es compartida. Nos quedamos esperando que por lo menos declaren dos días de duelo, nada, un gesto.

El Indio tenía cosas que decirnos, y aunque no pueda con él, porque se nota que no puede, nos las dijo: Nos habló de política, de la gravedad de la propuesta de la baja de imputabilidad como avasalladora de los derechos de los niños, nos invitó a ir a protestar cuando esa ley se discuta, les habló a los pibes que van a ser metidos en cana cuando esa baja se apruebe, estaban ahí, también eran parte del ritual. Nos habló a los otros, los que nos somos esos pibes. Nos pidió que nos cuidemos, porque eso quedamos, aunque ahora se refiera a las avalanchas que vienen de afuera, del poder, y no a las que nosotros mismos provocamos.

También nos habló de Las Abuelas y su lucha por recuperar la identidad de los nietos apropiados, sabe que él tiene acceso y llegada a un público al que nadie más tiene. Y ahí, en medio del ritual, nos dijo a la cara que dudemos, que ayudemos a dudar a los que no están seguros, habló en lenguaje coloquial “Nadie los va a obligar a ser quiénes no quieran ser, nadie se va a apropiar de Uds. con la verdad, pero la verdad hay que saberla”.

Nadie, ni una sola crónica va decir una palabra de esto, de esos dos mensajes importantes, aunque dados a media máquina. Claro, se murieron dos, ¿quién hablaría de eso?. Pero la verdad hay que saberla.

Paula Abra