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Hace poco, tres víctimas empoderadas se encontraron en la frase #YaNoNosCallamosMás, para relatar el infierno de abusos psicológicos y sexuales vividos en sus relaciones con Cristian Aldana. Y antes hubo otras… y mañana… nos vamos haciendo eco. Son tiempos de romper los silencios. Algunos, enquistados bien adentro por años, por vidas enteras; otros, apenas vividos, ya se animan a decirse. Es un momento histórico, aquel en el que hablamos de nuestros abusos sexuales, de las violencias que vivimos en tanto mujeres, lesbianas, travestis, trans y otros cuerpos feminizados. Tiempos en que podemos contar lo que nos pasó, visibilizarlo ante una sociedad que siempre hizo oídos sordos. Pero qué pasa con los gritos que aún no llegan a escucharse.

Me pregunto cómo sería una historia de los silencios, una genealogía del modo en que aprendimos a quedarnos calladas por generaciones. Porque siempre se nos pone en duda, se ríen de nuestras afirmaciones, nos relativizan, nos dicen que exageramos, que no fue tan así. Siempre se cuestiona la palabra de la víctima, se piden “pruebas”, se desacredita el relato. “Si era tu novio, ¿cómo es que te violó?” Como si el “amor” fuera un seguro de cobertura contra las violencias. Crecí con la idea de violación sexual como algo lejano, más parecido a la película de callejón sin salida que a un manoseo hecho por un varón conocido que utiliza tu confianza para abusar de tu cuerpo. A partir de mi propia vivencia, comencé a preguntar por estas experiencias entre mis amigas, primas, madre, tía, hermana, amiga de amiga. Empecé a contar: 1, 2, 469. Éramos muchas, demasiadas. La mayoría de mis amigas y familiares había sido abusada sexualmente al menos una vez en la vida por un novio, un primo, un vecino, un amigo, un padre, un padrastro, un tío, un médico. Gracias a mucho feminismo, esa genealogía del silencio está siendo revertida.

Desde hace tiempo, estamos construyendo nuestra voz, defendiéndola como fuente de verdad. El poder hablar redujo el sentido común. Así pasó con las mujeres golpeadas por sus maridos, cuando comenzaron a hablar y a contrarrestar el “de eso no se habla” o “que te maltrate es natural, son así” o “te cela porque te quiere”; también pasó con el “llevaba una pollera corta”, tan común para opinar sobre violaciones. Y hace poco pudimos romper con el “a ellas les gusta” de los piropos, ahora expuestos como lo que son, acoso callejero. Combatir las risas, las ridiculizaciones, que nos digan exageradas, entre otras cosas, hizo que los problemas y las violencias salgan de las cárceles de lo privado para volverse políticos.

Hablar de violencia, todas las violencias

En esta serie de violencias patriarcales, todavía queda una, que parece que no se termina de ganar su estatus entre las mismas feministas, y a causa de ello, sigue resbalando en el silencio. Es la que rodea y atraviesa la prostitución. No me refiero a la represión policial, que todas vemos y repudiamos en común acuerdo, sino a la violencia del “cliente” prostituyente. El padre, el hijo, el amigo, el novio que va y paga por tener un cuerpo a su disposición.

Estas violencias suceden entre las cuatro paredes de una habitación, al igual que en la cama matrimonial, pero parece que en prostitución tienen algo especial, algo que las vuelve incuestionables: cuando el señor varón decide hacer uso de sus privilegios y convertirse en un “cliente”. Al pagar, pareciera que una capa invisible lo libera de culpa y cargo (¿será la liberal mano de Adam Smith?). Los “clientes” de prostitución son los mismos hijos sanos del patriarcado que en su hipócrita doble vida de hombres de familia, descargan sus peores tratos donde tienen más impunidad: al haber pagado, cuando la puerta se cerró.

Soy abolicionista, en tiempos en que eso parece estar mal, y lo soy gracias a un feminismo que me llevó a compartir espacios y experiencias con mujeres y travestis que están o estuvieron en prostitución. A partir de este acercamiento, se abrieron relatos de violencia vividos, esos difíciles de contar, que a primera mano pareciera que no están. Relatos que suelen ser contados con dificultad, con esa emoción de lo no resuelto que sigue doliendo. Las vivencias hablan de las transgresiones al acuerdo pago, que se suceden una tras otra, reforzando la vieja tradición de la desigualdad. Que “el cliente” no se quiera poner el forro, que te penetre de una manera que no acordaste, o antes, o más brutalmente. Que te humille, haciéndote sentir que no sos nada, que estás para lo que él quiera hacer con vos. Que te cague a palos en el aislamiento de una pieza de hotel o prostíbulo. Claro que también están las violaciones lisas y llanas, ¡andá a denunciarlas a la policía! Si esas paredes hablaran, llenarían cientos y cientos de hojas, litros de tinta patriarcal.

matria-1 (1)Detrás de las Lohana, las Diana, las Sonia, hay miles que de a poco y a sus propios tiempos se van dando espacio para decirse, desde un movimiento abolicionista de travestis, mujeres y lesbianas que las sostiene y acompaña. No las vemos en la tele ni en las revistas. La mayoría tiene escasos recursos económicos, muchas viven de changas, otras se ocupan de terminar la primaria, algunas son promotoras de salud, y otras siguen en prostitución o están volviendo, debido a lo difícil de estos tiempos. Ellas hablan del maltrato, los palos recibidos, los abusos cotidianos. Hablan del miedo, del peligro permanente.

Las violencias en prostitución mueren silenciadas, sin posibilidad de nada. Sabemos lo difícil que es ser oídas, la sociedad misma se desentiende gracias al mito de que la única prostituta que sufre es la que fue raptada y encerrada en una habitación para ser violada hasta morir, mientras que el resto que se prostituye lo hace porque le encanta. Pareciera que en el mundo dicotómico del bien y el mal, no existen los grados de coacción, no existe la prostitución por vulneración socioeconómica, no existen las miles de mujeres y travestis que se prostituyen porque están estructuralmente desempleadas y discriminadas, que de llegar a conseguir un trabajo, dejarían la prostitución sin dudarlo un segundo. Es un mundo extraño en el que tampoco existen los sujetos que prostituyen. Porque los varones “clientes” prostituyentes son los grandes ausentes del debate. Ellos no diferencian entre una mujer tratada de una que se paró sola en la esquina, la van a tratar de la misma manera.

El feminismo siempre buscó los puentes comunes entre nosotras para politizar lo que hasta ese momento permanecía oculto. Las golpizas y violaciones en el matrimonio, la maternidad forzada, los piropos callejeros, ¿Qué hacemos cuando hablamos de las violencias de los clientes prostituyentes? Me resulta incomprensible que feministas con las que en todas las demás violencias luchamos codo a codo, a la hora de hablar de las que hay en prostitución, miran para otro lado. Es preocupante escuchar opiniones que alivianan las experiencias, como si se tratara de casos excepcionales. Posturas que dicen que exageramos. Me suena muy parecido a las mismas frases que nos enuncia el patriarcado siempre. Este tipo de minimizaciones aíslan los casos y responsabilizan a las víctimas por su incapacidad de reacción, dejándolas sin herramientas para leer lo mucho que tienen en común unas con otras.

¿Cuánto lugar le vamos a dar a las miradas que naturalizan la prostitución, como si no existieran los maltratos y los abusos sistemáticos de los varones “clientes” y como si no estuviéramos hablando de situaciones atravesadas por la pobreza, la misoginia, el trans-odio y el racismo? Más allá de lo que cada una haga desde su individualidad, esta pregunta requiere una respuesta colectiva.

La prostitución es una institución que nos regula a todas, al sostener intactas las relaciones tradicionales de género que buscamos combatir. Por eso, es una cuestión política. Sin embargo, la invisibilización persiste. Las críticas al sistema prostituyente “no dan cámara”, menos quienes lo sufrieron en carne propia y todavía les cuesta mucho exponerse públicamente. Visibilizarlas no es un buen negocio y tampoco parece haber ganas de escucharlas: la negación cierra perfectamente. Pero esas voces en primera persona no pueden desconocerse, más si vamos a llamarnos feministas. Necesitan salir a la luz para develar esa experiencia servicial repleta de abusos, citada a cada momento entre las paredes testigo de la prostitución. Porque no nos callamos más, es hora de escuchar al corazón delator que late en cada una de sus denuncias, y que todas podemos oír si prestamos atención. El lado A de la prostitución ya suena en todas las radios, ahora demos vuelta el cassette y escuchemos el lado V. V de violencia.

 

luciofraga